INFORME SOBRE LOS FESTEJOS TAURINOS. Comisión de Promoción cultural del CVC. Mayo 2012.

[Text en valencià]

Aprobado por la Comisión de Promoción Cultural del Consell Valencià de Cultura, con 8 votos a favor, 1 abstención y 1 en contra.

Rechazado por el Pleno del Consell Valencià de Cultura del 28.05.2012, por 11 votos a favor y 8 en contra.  Estas 8 personas consejeras presentaron el siguiente voto particular:

Los abajo firmantes, miembros del CVC, manifestamos nuestra posición contraria a la declaración de BIC de los Festejos taurinos: corridas de toros y “bous al carrer”, por ello suscribimos el informe adjunto.

Firmado: V. González Mostoles; Gòria Marcos; Vte. Muñoz Puelles; 
Ana  Noguera;
Elena Negueroles;
Fco. Moreno; Pepa Frau; Jesus Huguet.


ANTECEDENTESCon fecha 6 de marzo de 2012 y número de registro de entrada 213 se ha recibido en el Consell Valencià de Cultura un escrito de la Directora General de Patrimonio Cultural, Dª Marta Alonso Rodríguez, solicitando informe sobre los espectáculos taurinos “las corridas de toros” y los festejos tradicionales “els bous al carrer”, a fin de tramitar su posible declaración como Bien de Interés Cultural Inmaterial, de acuerdo con lo dispuesto en el art. 27.5 de la Ley 4/98, de 11 de junio, de Patrimonio Cultural Valenciano. Al escrito acompaña copia de la resolución de 20 de febrero de 2012 de la Conselleria de Turisme, Cultura i Esport, por la que se incoa el expediente de declaración de dichos espectáculos y festejos como Bien de Interés Cultural Inmaterial.

En los últimos años, el Consell Valencià de Cultura ha emitido una serie de informes en relación con las corridas de toros, así como sobre els bous al carrer. Así, por ejemplo, en 2007 aprobó el Informe sobre la plaza de toros de Villena; en 2009 el Informe sobre la normativa dels bous al carrer y en 2010 el Informe sobre la declaración de BICI de la entrada de toros y caballos de Segorbe. También ha emitido varios informes sobre las relaciones de la especie humana con otros animales, entre ellos un Primer informe sobre el maltrato de animales en la Comunidad Valenciana (2007), que ahora está en trance de actualizar, y otros sobre animales domésticos, animales exóticos y núcleos zoológicos y animales de experimentación.

ORÍGENESNo parece este el lugar adecuado para trazar un cuadro, ni siquiera somero, de la domesticación del ganado bovino, que tuvo lugar en el llamado Próximo Oriente o Creciente Fértil hace entre 8000 y 10.000 años, cuando ya se habían domesticado otras especies como la oveja, la cabra y el cerdo, pero sí para señalar que dicha domesticación fue una de las innovaciones más importantes del Neolítico, y que tuvo grandes consecuencias en la dieta, en la conducta y en la estructura socioeconómica de muchas comunidades. La evidencia genética y arqueológica indica que todas las variedades, poblaciones o razas europeas de ganado bovino (Bos taurus), que son unas 480, descienden del uro salvaje (Bos primigenius), especie hoy extinguida.

Conviene saber, para delimitar la especie, que el genoma de Bos taurus, secuenciado en 2009, está organizado en 29 pares de autosomas y dos cromosomas sexuales, y que cuenta con más de 27.000 genes.

Algunos arqueólogos creen que la primera forma de relación, aparte de la caza, de los habitantes del Próximo Oriente con los uros fue religiosa. Dado que el uro era un animal grande y vigoroso, de más de 1.80 m. de altura en la cruz, y cuernos largos y agudos, parecía difícil de domesticar, razón por la que para muchos pueblos se convirtió en símbolo de virilidad y fuerza. Podía ser un dios por sí mismo, como el dios Apis en Egipto o Baal en Fenicia, o formar parte importante del simbolismo religioso, como en las ciudades mesopotámicas o en la civilización del valle del Indo, o estar asociado con el culto a la Gran Madre Tierra, la diosa de la fecundidad, a la que probablemente era sacrificado en muchos lugares, como los santuarios de Çatal Hüyück, en la actual Turquía.

El toro aparece de modo llamativo tanto en los hallazgos arqueológicos como en varios mitos notables de la antigua Creta, y se ha discutido mucho sobre el papel que jugaba en la vida minoica. Lo único que se sabe con seguridad es que en los sellos grabados, en los restos de cerámica y en un fresco descubierto en el ala oriental del palacio de Cnoso, acaso en realidad un templo, se encontraron vestigios de un ejercicio ritual con toros y jóvenes minoicos. En el caso del fresco, un equipo de tres jóvenes da saltos mortales sobre un toro que embiste.

Incidentalmente, cabe constatar que el anexo de la resolución define a esos tres jóvenes como sacerdotisas. Pero se da la circunstancia de que las convenciones artísticas de los minoicos exigían representar en blanco la piel de las mujeres y en rojo la de los hombres, y en el fresco mencionado el joven que salta sobre el toro está claramente pintado en rojo. Los partidarios de la teoría de que los saltos sobre el toro formaban parte de una ceremonia religiosa suelen creer que el toro era sacrificado tras las acrobacias.

Hay más escenas de saltos sobre toros en frescos egipcios, en sellos cilíndricos de la antigua Siria y en vasos hallados en antiguos emplazamientos hititas.

El anexo de la resolución cita los espectáculos con uros o toros que tenían lugar en los circos romanos. Allí, estos animales eran azuzados por los succursores o subalternos, para provocar su furia. Se les quemaba con antorchas, se les pinchaba con aguijones, se agitaba ante ellos unos maniquíes rellenos de heno. A continuación intervenían los taurarii o taurocentae, que a veces se enfrentaban con el toro armados con una lanza, para intentar atravesarlo de parte a parte, o con una estaca, con la que lo aguardaban a pie firme.

En cuanto a la Península Ibérica, se ha estudiado el carácter sacro y funerario del toro entre los íberos, así como el culto al toro y su sacrificio en tiempos de la colonización fenicia. Y se ha llegado a especular con la idea de que las corridas de toros y los encierros proceden de los espectáculos del circo romano. La idea puede parecer natural, pero es discutible. Autores como Robert Graves (1895-1985) sugieren que las corridas fueron introducidas en Hispania como sucedáneo de los combates entre gladiadores, prohibidos temporalmente por el emperador Claudio.

Durante siglos se creyó, en España y en el resto de Europa, que las fiestas con toros tenían un origen árabe. Sin embargo, el examen de los testimonios medievales revela que, en contra de lo que indica el anexo de la resolución, los árabes no tuvieron contacto con los juegos taurinos antes de su llegada a España en el siglo VIII. El influjo de la creencia llega a nuestros días, razón por la cual algunas plazas de toros, empezando por la de Las Ventas, en Madrid, son de estilo neomudéjar.

La persistencia del malentendido se debe en buena parte a Nicolás Fernández de Moratín, quien en su Carta histórica sobre el origen y progresos de la fiesta de los toros en España (1777) tomó como hechos las fantasías literarias de poetas y novelistas, y dio por seguro el orígen árabe de las corridas. De modo similar, en esa misma obra, Moratín hizo del Cid el primer torero cristiano español, y en su poema en quintillas Fiesta de toros en Madrid lo hizo aparecer como hábil rejoneador, circunstancia que Goya representó en el grabado nº 11 de La Tauromaquia, si bien con un atuendo claramente posterior a los tiempos de Rodrigo Díaz de Vivar. Menéndez Pidal consideraba el episodio como una invención.

ENCIERROS Y CORRIDAS.  En su origen, los encierros o entradas consistían en conducir las reses desde la dehesa, a través de las calles, hasta las plazas mayores de las poblaciones, donde padecían suertes diversas. Cabe la posibilidad de que la gente, que en principio corría tras los toros y ayudaba a encerrarlos, con palos y gritos, se animara a correr delante de ellos, como en muchos festejos de hoy en día, por diversión y para demostrar su valor. En alguna ocasión, la autoridad, preferentemente a caballo, daría a los animales el golpe de gracia, como en las cacerías. Pero dejemos la descripción de la fiesta a un entendido:

«La fiesta popular (religiosa) y la caballeresca (deportiva y espectacular) se fundían con frecuencia. El pueblo corría los toros para llevarlos a la plaza. En esa operación se demostraba valor y se acercaban, tocaban incluso, a esa encarnación de la naturaleza que es el toro bravo. Los animales quedaban encerrados y se les iba dando suelta, de uno a uno, para que los caballeros hiciesen alarde de su temple y destreza, hiriendo y matando desde el caballo con lanza o rejón. Criados y servidores los auxiliaban a pie, sorteando al toro con la capa y clavándole arpones y banderillas. Agotado el animal, volvía a la plena jurisdicción del pueblo para una violentísima ceremonia. Con una lanza rematada en forma de media luna se le cortaban los jarretes o corvejones. Imposibilitado para moverse, caía en la arena y allí lo mataban a cuchilladas. La sangre y las vísceras manchaban a los participantes. Estos festejos, en los que había que lamentar numerosas muertes y desgracias dada la impericia de los ejecutantes, merecieron la reprobación de moralistas y teólogos.»

Suele considerarse que los encierros de Cuéllar, en Segovia, que están datados desde 1215, son los más antiguos de España. Los más famosos, con los Sanfermines, son la entrada de toros y caballos de Segorbe, declarados Fiesta de Interés Turístico Internacional por la Secretaría General de Turismo, y Bien de Interés Cultural Inmaterial por el Govern de la Generalitat Valenciana, así como los de San Sebastián de los Reyes y Medina del Campo. Hay también encierros en Portugal, en el sur de Francia y en algunas poblaciones de México. En Inglaterra, donde hasta 1835 existía una tradición en forma de hostigamiento (bull-baiting) con perros criados para ese fin (bulldogs y bull terriers), los toros eran perseguidos y cazados por las calles de algunas poblaciones, como Stanford y Tutbury.

Durante el siglo XVI, la Iglesia, que consideraba que arriesgar frívolamente la vida humana, y ponerse en peligro de morir sin haber recibido el sacramento de la penitencia, era un pecado grave, se opuso con relativa frecuencia a los espectáculos taurinos, que fueron prohibidos en toda la cristiandad por la bula papal Salute Gregis (1567), de Pío V, “bajo pena de excomunión” y con la orden de que, “si alguno muere en el coso, quede sin sepultura eclesiástica”.

Gregorio XIII, el Papa siguiente, levantó la prohibición ocho años después, a ruego de Felipe II, pero se mostró contrario a que dichos espectáculos se celebraran en días festivos, y mantuvo la prohibición de asistencia a los clérigos.

A partir del siglo XVII, las corridas de toros empezaron a tomar la forma con la que las conocemos actualmente. El toreo a pie fue sustituyendo al de a caballo, y los protagonistas empezaron a ser gentes del pueblo que cobraban por su actuación. Sin embargo, las corridas siguieron sufriendo críticas e incluso prohibiciones. En 1723, Felipe V prohibió su ejercicio a sus cortesanos, por considerarlo indigno y propio del populacho. Fernando VI sólo consintió las corridas a cambio de que sus beneficios se destinasen a obras de caridad, como el mantenimiento de hospitales y hospicios.

Algunos ilustrados, como Jovellanos, también criticaban estos espectáculos por considerarlos poco didácticos, y una muestra del atraso del país. Carlos III prohibió las corridas de toros en 1771, y Carlos IV volvió a hacerlo en 1805, mediante Real Cédula.

También algunos encierros, como los Sanfermines, estuvieron en entredicho, y en 1717 y 1731, por ejemplo, se emitieron bandos que prohibían correrlos.

Tras la Guerra de la Independencia, y a lo largo del siglo XIX, el debate sobre la prohibición de las corridas se planteó con frecuencia en las Cortes. La última vez fue en 1877, cuando el Marqués de San Carlos la propuso a los diputados. La propuesta fue rechazada por considerarla impopular.

No obstante, las corridas han sido definitivamente prohibidas en algunos países hispanoamericanos, como Chile (1823), Argentina (1899), Cuba (1899), Uruguay (1912) o Nicaragua (2010). En octubre de 2011, la población de Ecuador votó por erradicar las corridas en las que se mataba al toro. Y en México, donde las corridas ya estuvieron prohibidas por los presidentes Benito Juárez (1867) y Venustiano Carranza (1916), una Comisión de la Asamblea Legislativa acaba de aprobar su prohibición en el Distrito Federal; cierto que ahora el dictamen ha de ser discutido en el pleno de la Asamblea.

Existen, por otra parte, modalidades de toreo en las que no se mata al animal o no se hace a la vista del público. Eso es lo que sucede en Portugal, donde la muerte del toro en la plaza está prohibida desde 1928. Hay otras modalidades incruentas, como la de la Camarga, en Francia, donde hombres vestidos de blanco, los razeteurs, intentan quitarle al toro un rosetón que lleva en la cabeza, entre los cuernos, y la de las Landas francesas, donde hombres y mujeres saltan sobre vacas de lidia, de un modo que recuerda los antiguos saltos de la cultura minoica o las piruetas de los recortadores.

Las corridas en su modalidad española, es decir con la muerte del animal en la plaza, subsisten en países hispanoamericanos como Colombia, Bolivia, Perú, Venezuela y México. La plaza de mayor aforo es la Monumental de México, con una capacidad de 48.000 personas sentadas.

El toro también participa en deportes como el rodeo norteamericano o el rodeo chileno, que en Chile, donde no hay corridas, tiene la consideración de deporte nacional desde 1962.

En España y a lo largo del siglo XX, todos los regímenes han tolerado las corridas, a cambio de gravarlas con impuestos y mantenerlas bajo control. Hasta el año pasado, las competencias en materia de tauromaquia y actividades taurinas dependían del Ministerio del Interior. En julio de 2011, el Gobierno de España aprobó un Real Decreto del Ministerio de Política Territorial y Administración Pública, por el que se modificaban el Real Decreto 1132/2008, de 4 de julio, y el Real Decreto 1181/2008, de 11 de julio, y el Ministerio de Cultura, que ahora, tras la última remodelación, ha pasado a ser de Educación, Cultura y Deporte, se encargaba de esas competencias. Sin embargo, las CCAA siguen teniendo las competencias relativas a espectáculos públicos, y ejerciendo la actividad de policía en los espectáculos taurinos.

FESTEJOS EN LA COMUNITAT VALENCIANAEn lo que se refiere a la Comunitat Valenciana, hay poblaciones donde aún se celebran festejos con otros animales distintos de los toros, como es el caso de la suelta de patos en Sagunt o el lanzamiento de ratas en el Puig. Pero los toros son, con enorme diferencia, los animales más utilizados, en sus diversas modalidades: bous embolats, bous a la mar, bous en corda, encierros propiamente dichos, suelta de vaquillas… Durante 2011, los festejos taurinos de bous al carrer se incrementaron más de un 4% en la Comunitat Valenciana respecto al año anterior, al pasar de 5815 a 6070 actos en total, en las tres provincias. Se celebraron festejos taurinos en 278 municipios, en algunos de ellos por primera vez, lo que supone el 51,3% de las poblaciones de la Comunitat. Por provincias, en Castellón se organizaron 3270 festejos en 129 municipios; 2167 actos tuvieron lugar en la provincia de Valencia en 112 localidades, mientras que en Alicante se realizaron 633 festejos en 37 municipios.

Según la Conselleria de Governació, el sector tuvo un impacto económico de 46,5 millones de euros, que se eleva hasta los 184 millones de euros si se contabilizan las corridas de toros. En ese impacto se tienen en cuenta ganaderías, empresas de seguros, hostelería y comercios, gastos sanitarios, empresas de elementos de cierre y seguridad, etc. Existen, por otra parte, en la Comunitat Valenciana 142 explotaciones ganaderas, vinculadas a la actividad taurina, y cuatro escuelas taurinas, concretamente en Valencia, Castellón, Alicante y Benidorm.

En total se produjeron 534 heridos, 48 más que en 2010 pero muchos menos que en 2008, cuando fueron 676. De ellos, 286 resultaron heridos en Valencia, 113 en Castellón y 135 en Alicante. Durante 2011 hubo tres fallecidos, en Alcalà de Xivert, Xàtiva y Rafelbunyol. En 2010 hubo dos fallecidos, tres en 2009 y cuatro en 2008. El último fallecido hasta la fecha fue en Navajas el pasado 21 de enero de 2012, en la celebración de bous al carrer con motivo de las fiestas de San Antón. En total, y pese a que las medidas de seguridad se han redoblado, entre 2000 y 2012 ha habido 37 muertos y miles de heridos. Como se ve, es un espectáculo de riesgo, y no sólo para las reses. Estas, básicamente, son de dos tipos: las de alquiler, que se reutilizan una y otra vez, mientras su estado lo permita, y los llamados toros cerriles, que suelen ser sacrificados posteriormente.

LA IMPORTANCIA DE LA TAUROMAQUIA.  Desde el principio, la relación del hombre con el toro se ha reflejado en las distintas artes. Baste pensar en las pinturas rupestres de Altamira y de la Valltorta, en el toro del vaso de Lliria, en los toros pétreos de Guisando, en la primera mención escrita de una corrida, que figura en las Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, en las pinturas de Goya, Manet, Sorolla, Picasso y Romero de Torres, en los textos de Blasco Ibáñez, García Lorca, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, José María de Cossío, José Bergamín, Ernest Hemingway y Fernando Savater, en la música de Bizet, en los pasodobles del compositor mexicano Agustín Lara y en algunos excelentes carteles taurinos.

Es justo, sin embargo, mencionar también a algunos disconformes con las corridas, como la reina Isabel la Católica, que en una carta (1493) a su confesor Fray Hernando de Talavera expresó su desagrado por ellas, y a tantos otros, como Lope de Vega, Melchor Gaspar de Jovellanos, Mariano José de Larra, José María Blanco White, Santiago Ramón y Cajal, Miguel de Unamuno, Pío Baroja y Félix Rodríguez de la Fuente, entre los españoles, y Hans Christian Andersen, Mark Twain, Bernard Shaw, Albert Schweitzer, Paul Mc Cartney, el Nobel de Literatura J. M. Coetzee y el actual Dalai Lama entre los foráneos. Tanto una lista como la otra pueden alargarse indefinidamente, sin que ello suponga, como es obvio, dar la razón a unos o a otros.

Por otra parte, es evidente que, si las corridas de toros se han mantenido en España, ha sido gracias al interés de los aficionados. Pero ese interés, como las costumbres y como la corrida misma, cambia con el transcurso de los tiempos. A principios de los años 70, los interesados en las corridas de toros eran el 55% de los españoles, mientras que en los 90 las cifras de aficionados se desplomaron, situándose en torno al 30%. En el año 2002, según una encuesta de Gallup, el 31% de los españoles se mostraba interesado en las corridas de toros, mientras que un 68,8% no sentía ningún interés. Sólo el 0,2% carecía de opinión al respecto.

Aunque las corridas de toros se han celebrado en toda España, su distribución regional no es uniforme. En Galicia, por ejemplo, ha habido siempre un desinterés notable, como sentenciaba el escritor Wenceslao Fernández Flores: «¿Afición a los toros en Galicia? Hay un aficionado en Monforte y se sospecha de otro.»

En la encuesta que Investiga-Gallup realizó en 2008 sobre la afición a los toros en España, el 67,2% de los españoles manifestó no tener ningún interés por las corridas de toros, un 9,7% mucho, un 21,4% algo y un 1,7% no supo o no contestó. Dentro de esas cifras, y siguiendo la delimitación de regiones Nielsen, la zona de España menos proclive a las corridas es la de Cataluña, Huesca y Zaragoza (73,2% de desinterés), seguida de Galicia, Asturias y León (67,9%), y Cantabria, País Vasco, Navarra, Logroño, Palencia y Burgos (67,6%). El 66,1% de los ciudadanos de la región centro, que comprende Madrid, Castilla la Mancha, Teruel, Soria, Cáceres, Zamora, Salamanca, Ávila y Segovia, asegura no tener ningún interés por las corridas de toros. Lo mismo sucede con el 64,6% de la región sur. Y es en la Comunidad Valenciana y Murcia donde el estudio refleja la mayor afición (39,6% de interés).

En lo que a las corridas de toros se refiere, la comparación de las encuestas anuales muestra, en el conjunto de España, un descenso de la afición, al que hay que añadir, en estos últimos años, los efectos de la crísis económica, lo que algún periodista llama taurocrisis, que ha llegado a manifestarse hasta en el número de aficionados que no han renovado sus abonos en la última feria de abril de Sevilla, y que algún empresario cifra en el 17%.

Otros datos respaldan esa tendencia. En 1989, la localidad gerundense de Tossa de Mar fue la primera en declararse municipio antitaurino. En Canarias, las corridas de toros fueron prohibidas en 1991, por ley autonómica. En 2004, Barcelona también se declaró ciudad antitaurina, y en 2010 el parlamento de Cataluña aprobó abolir las corridas de toros en Cataluña a partir del 1 de enero de 2012. Otras poblaciones, como Coslada, en Madrid, Sitges o Sabadell, han seguido el ejemplo de Tossa de Mar. En 2008, Castrillón se convirtió en el primer municipio antitaurino del Principado de Asturias. En noviembre de 2011, 86 municipios españoles, entre ellos el alicantino de Mutxamel, se habían declarado antitaurinos.

A finales de 2008, el ayuntamiento de Paterna convocó un referéndum en el que un 68 % de los votantes se declaró contrario a los festejos taurinos. En cambio, en 2011, las corridas de toros regresaron a Gandía, de donde habían estado ausentes durante 25 años. Son vaivenes que reflejan la división existente al respecto. Para unos, los espectáculos taurinos han de subsistir porque pertenecen a una tradición, tienen respaldo popular y son una forma excelsa de arte, que además ha inspirado a muchas otras. En este sentido, el anexo de la resolución define la corrida como «una especie de ballet en el que la posibilidad de la tragedia real planea durante toda la ejecución». Para otros, en cambio, mantener esa tradición a costa del sufrimiento de otros seres vivos carece de sentido en estos tiempos y es un vestigio de una época bárbara y cruel, en la que el hombre, en lugar de considerarse parte de la naturaleza, se creía obligado a enfrentarse a ella para reafirmar su dominio.

Pero, al parecer, una cosa es no interesarse por las corridas de toros y otra exigir su abolición. En una encuesta publicada en 2007 en el diario El Mundo sobre la conveniencia o no de su prohibición, un 58% de españoles consideraba que las corridas no debían desaparecer del todo, frente a un 33% que optaba por prohibirlas de inmediato y un 9% de indecisos.

En cuanto a los bous al carrer, la Conselleria de Governació de la Comunitat Valenciana ha constatado, como hemos dicho, un aumento del número de municipios que los solicitan y celebran, pese al debate sobre su peligrosidad.

Llama la atención el hecho de que, mientras aquí se difunden y respaldan, algunas Comunidades Autónomas han prohibido determinadas modalidades. Los toros embolados, por ejemplo, están prohibidos en las comunidades de Madrid y Castilla-La Mancha, así como en Andalucía y Extremadura, donde también lo están los ensogados El decreto extremeño, de 2010, prohíbe expresamente los siguientes festejos taurinos populares: «a) Los que consistan en embolar las defensas de las reses, prendiendo fuego al material o sustancia con que se tiene realizado el embolado. b) Los que consistan en sujetar antorchas o elementos similares en sus cuernos. c) Los consistentes en atar reses a un punto fijo, con cadenas, sogas o de cualquier otra forma limitando su movimiento, salvo que ello sea necesario para la recogida de aquellas a fin de dar por concluido el festejo. d) Los que consistan en realizar juegos con la res que desvirtúen el sentido lúdico taurino del festejo popular, o en los que se empleen artilugios o burladeros que no sean populares o tradicionales de nuestra región, o impliquen riesgos para la integridad de los participantes o las reses que en ellos participen».

Una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid sobre los toros embolados señala que, con independencia de que se pruebe o no que el animal ha sufrido daños físicos, hay un «maltrato anímico». Y la Audiencia Provincial de Palencia ya dictaminó en 2005, mediante Auto de 20 de enero, que “el enmaromamiento de toros supone un maltrato evidente para un animal de raza bovina”.

LEGISLACIÓN VIGENTE.  La Directiva 98/58/CE del Consejo de la Unión Europea, relativa a la protección de los animales en las explotaciones ganaderas, excluye de su aplicación «a animales destinados a participar en competiciones, exposiciones o actos o actividades culturales o deportivos», lo que puede entenderse como una exclusión de los toros.

En cuanto a la legislación española, la Ley 32/2007,  para el cuidado de los animales en su explotación, transporte, experimentación y sacrificio, de 7 de noviembre de 2007, excluye de su aplicación «los espectáculos taurinos previstos en los artículos 2 y 10 Ley 10/1991, de 4 de abril, sobre potestades administrativas en materia de espectáculos taurinos».

En la Comunidad Valenciana la Ley 14/2010, de 3 de diciembre, de la Generalitat Valenciana, de Espectáculos Públicos, Actividades Recreativas y Establecimientos, prohíbe con claridad, en su artículo 3, los espectáculos y actividades «que impliquen crueldad o maltrato para los animales».

El Decreto 24/2007 de 23 de febrero del Gobierno Valenciano, por el que se aprobó el Reglamento de Festejos Taurinos Tradicionales de la Comunitat Valenciana, los llamados Bous al carrer, contempla cuestiones de seguridad pública, tanto para participantes como para espectadores, prohíbe la participación de menores de 16 años, que únicamente podrán acudir como espectadores, y dice: «Se respetará la integridad física de los animales, prohibiéndose la crueldad y el maltrato de las reses, el uso de palos, garrotes, pinchos, lanzamiento de objetos y cohetes contra estas, así como cualquier otra práctica que suponga tortura para los animales». Sin embargo, en el barullo de la fiesta, esto es muy difícil de cumplir.

Existe también una Orden de la Conselleria de Governació del 1 de septiembre de 2009, por la que se regulan la figura, funciones y régimen jurídico de los colaboradores voluntarios en los festejos taurinos tradicionales (Bous al Carrer) celebrados en la Comunitat Valenciana. Dicha Orden y el resto de la normativa hasta la fecha fueron objeto en 2009 de un informe del Consell Valencià de Cultura titulado Informe sobre la normativa dels bous al carrer .

Otro Decreto del Consell, el 120/2010, de 27 de agosto, modificó posteriormente el Reglamento de Festejos Taurinos Tradicionales en la Comunitat Valenciana (Bous al carrer) aprobado por el Decreto anterior 24/2007, de 23 de febrero, sobre todo en lo referente a los elementos constructivos de las plazas portátiles y otras cuestiones de seguridad.

CUESTIONES LEGALES.  El texto de la Resolución de BIC en trámite suscita algunas preguntas, que nos vemos obligados a plantear.

1) Como es sabido, las declaraciones de BIC comportan unas indudables ventajas fiscales (1% cultural, IVA reducido, descuentos en IRPF y otros impuestos). Falta saber, en el caso de que los festejos taurinos se declarasen BIC en la Comunitat Valenciana, a quién beneficiarían. ¿Podrían los toreros o las personas participantes en los festejos deducirse cualquier gasto ocasionado? ¿Tendrían IVA reducido las operaciones comerciales, como la compra de toros para els bous al carrer u otras actividades? ¿Se destinaría el 1% cultural en igualdad de condiciones a estos festejos que a la restauración del patrimonio también declarado BIC, por ejemplo?

2. En la delimitación del ámbito, Anexo 1.3, se cita literalmente Poblaciones de la Comunitat Valenciana. Por tanto, cualquier población, aún en el hipotético caso de que se hubiera declarado ciudad antitaurina, tendría obligación de considerar BIC estos festejos.

3. En el anexo 1.4.2 se citan las distintas modalidades de bous al carrer, con la mención explícita de «las demás modalidades que acrediten su carácter tradicional». Teniendo en cuenta que els jònecs per a xiquets i dones son tradicionales en muchos de nuestros pueblos, ¿habría que considerar BIC también estos bous? Por otra parte, y ante la posible elección de toro o novillo, la Resolución no distingue entre ambas categorías, y a la hora de declarar el BIC los considera del mismo modo (Anexo 1.4.1). Así pues, en el caso de que se declarase el BIC, nos encontraríamos ante una contradicción flagrante entre los novillos para niños considerados BIC y el Código Penal, que castiga la presencia de menores en espectáculos taurinos.

4. Tampoco se especifican las distintas partes o suertes de cada modalidad, como sí se hace con las corridas de toros. Al no especificarse, cabe entender que muchas prácticas, lesivas para el animal y para las personas, tendrían la consideración de BIC.

5. La consideración de BIC exige el control y la continuidad de la práctica tradicional. ¿Qué se haría, pues, con el aparejo metálico y las bolas de estopa que se usan para embolar al toro? ¿Serían siempre de un peso y calibre determinado o podrían tener dimensiones cambiantes?

CONSIDERACIONES

1) El Consell Valencià de Cultura entiende que la vida humana sólo puede ser puesta en riesgo en circunstancias excepcionales, y valora de una manera extremadamente positiva las medidas de seguridad que el Gobierno Valenciano ha introducido en la normativa, que sin duda han permitido reducir el número de muertos y heridos que, de otra manera, habría sido más alto.

2) Consideramos que las corridas de toros, así como las diferentes modalidades de festejos taurinos conocidos como bous al carrer, implican, de una forma u otra y en distintos grados, el sufrimiento y el dolor físico de las reses que participan en el espectáculo, y que a fin de cuentas desde el punto de vista zoológico son, como nosotros, animales altamente evolucionados, dotados de sistema nervioso central y periférico. Hay también un riesgo evidente para los caballos que, en las corridas, participan en la suerte de varas. En la actualidad ese riesgo es menor, gracias a la protección de los petos que empezaron a usarse en 1930, pero las fracturas de costillas y otras lesiones son habituales. Por otra parte, subsiste el riesgo para los toreros y, en el caso de los bous al carrer, para los participantes.

3) Entendemos que en estos espectáculos existe un elemento de violencia, más o menos ritualizada si se quiere. Hasta un eminente defensor de las corridas, como Mario Vargas Llosa, lo admite: «…nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros, un espectáculo que alcanza a veces momentos de una indescriptible belleza e intensidad y que tiene tras él una robusta tradición que se refleja en todas las manifestaciones de la cultura hispánica, está impregnado de violencia y de crueldad». La violencia y la crueldad están presentes por doquier, pero no hay por qué abundar en ellas. Hace más de 2300 años, un filósofo griego llamado Bión de Borístenes lo expresó en términos muy simples: «Los muchachos apedrean a la rana en broma, pero la rana muere en serio».

4) Las razones que se esgrimen en el anexo para motivar la protección del bien, esto es, la acreditación de la tradición y el arraigo en el tiempo, nos parecen importantes e incluso necesarias para la declaración de Bien de Interés Cultural Inmaterial, pero en este caso insuficientes. El simple hecho de que una práctica cultural sea tradicional no la justifica moralmente, y en la mente de todos hay tradiciones de bondad discutible o incluso abominables, que en algunos casos ya no existen y que no vale la pena nombrar.

Es más, los propios festejos taurinos han ido cambiando y acomodándose a nuevas situaciones. Hasta principios del siglo XX, en las plazas de toros ordinarias españolas se celebraban combates entre animales de distintas especies, que se llamaban luchas de fieras. En ellos, los toros eran introducidos en recintos enrejados y empujados a combatir con tigres, leopardos, osos y hasta elefantes. Hoy esos combates nos parecen anacrónicos, como la época en la que los caballos de los picadores carecían de petos y morían a decenas en la plaza, a la vista de todos. Por esa razón, el Reglamento Taurino de 1868 exigía contar, al comenzar el festejo, con 40 caballos y 12 perros, que eran utilizados para acosar al toro. Cabe mencionar que cuando se impuso el peto hubo una gran contestación, porque muchos aficionados pretendían que se desvirtuaba la fiesta, y que la disposición 27/02/1928 de Primo de Rivera tardó dos años en aplicarse. Otro tanto cabe decir de las banderillas de fuego, abolidas también en 1928 pero que volvieron a utilizarse varias veces, hasta 1950.

Por otra parte, como hemos visto en el apartado Encierros y corridas, la tradición, lejos de ser unánime, ha sido más bien discontinua. Durante siglos, los festejos taurinos han recibido ocasionalmente en España el anatema religioso o la prohibición gubernativa, y hoy en día siguen siendo objeto de controversia pública.

5) Consideramos que hay una sensibilidad creciente, sobre todo en el mundo occidental, que podríamos llamar la cultura de la conservación y el crecimiento sostenible, como opuesta a la cultura de la depredación y el despilfarro continuo. Esa cultura no admite la eliminación banal de recursos animales, niega su carácter simbólico e intenta evitar el sufrimiento animal.

Al amparo de esa nueva cultura se han gestado los grupos y asociaciones de defensa de la naturaleza y de la vida salvaje, y se ha afianzado el concepto de la especie humana como una especie animal más, que tiene la responsabilidad, en virtud de su papel predominante, de velar por las otras. A fin de cuentas, somos la especie que más ha alterado nuestro planeta, y a lo largo de la historia siempre hemos vivido a expensas del resto.

En el contexto de esa nueva cultura, las fiestas celebradas con participación de animales carecen de sentido. Lo que antaño pertenecía a la cultura tradicional, y que José María de Cossío o José Ortega y Gasset habrían defendido sin duda por su Interés Cultural, ha perdido en nuestros días buena parte de su significado.

6) En 2003, la Convención de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial manifestó: «A los efectos de la presente Convención, se tendrá en cuenta únicamente el patrimonio cultural inmaterial que sea compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes y con los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y de desarrollo sostenible».

Pero en las corridas de toros y en los demás festejos taurinos, que podrían considerarse parte de ese patrimonio cultural inmaterial, concurren una serie de elementos cuestionables a la luz de los valores actuales, surgidos a partir de esa nueva sensibilidad: el maltrato continuado del toro, el peligro de muerte y de lesiones graves para los toreros y la violencia como espectáculo.

En este contexto, el Consell Valencià de Cultura se siente vinculado a sus informes anteriores, tanto los referentes al maltrato animal como a los festejos y espectáculos taurinos. Cabe recordar que en uno de ellos, el Informe sobre la normativa dels bous al carrer, aconsejamos la supresión del bou embolat, que podría sustituirse por ejemplo, por el llamado toro de fuego, un armazón metálico que imita la forma de un toro, sobre cuyo espinazo se coloca un bastidor con elementos pirotécnicos, como se hace en muchos lugares de España, sin que ello suponga un menoscabo de la identidad cultural. Del mismo modo, aconsejamos el fomento de alternativas de ocio creativo y saludable.

7) Aunque son evidentes las vinculaciones artísticas entre pintura y poesía, por ejemplo, y tauromaquia, podemos separar el valor artístico de una obra y el contexto moral que la generó. Así, por ejemplo, es posible apreciar artísticamente un poema taurino y compartir o rechazar la práctica cultural que le dio origen. Una vez más, en la mente de todos hay obras que no necesitan ser mencionadas y cuyos valores plásticos siguen siendo admirados, cuando las ideas o actividades que las justificaron han caído en el descrédito.

8) Como hemos visto, las corridas y festejos con toros son motivo de una fuerte controversia pública, en un contexto social cada vez más preocupado por el bienestar animal y más sensibilizado ante el maltrato. Esta situación de confrontación exige un gran esfuerzo de todas las partes implicadas para encontrar puntos comunes y abrir procesos formativos y educadores, que permitan una adaptación a las formas modernas de concienciación ciudadana y a la nueva cultura de la conservación, y que, sin descuidar la aceptación popular, tengan en cuenta el paso del tiempo y los cambios de costumbres.

CONCLUSIÓNPor todo ello, este Consell Valencià de Cultura, que siempre se ha distinguido por la defensa de los seres vivos y de los ecosistemas, en particular de los animales y de los bosques, considera que no puede informar favorablemente la petición de declaración de BICI en el caso que nos ocupa.

Este informe se remitirá a la Conselleria de Turisme, Cultura i Esport, solicitante del mismo.

Comisión de Promoción Cultural.  Mayo, 2012.

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